sábado, 27 de febrero de 2016

9*





no pudo dormir

tu nombre sube
alto
altísimo
se me enreda entre los dientes

y por mucho que me empeño
en sorber tus adjetivos
las vocales reminiscencias
y el pliegue último de tus piernas
la vigilia prolifera
desvelada incluso ella misma
como un súbito telón de impotencia

estimo que no hay sueños que soñar

quizá por eso
el letargo no abre
su tremebunda boca nocturna
para beberme de un trago




*Desperfecto: segundo tatuaje del cóndor (30). 




(De "Desperfectos (cruda poesía mía)", 2007)






miércoles, 24 de febrero de 2016

Contrariedades

    



               A fuerza de contrariedades, reafirmo esa dulzura punzante que me maniobra el metatarso (aquello que ignoro si no fuera por el advenimiento preciso de tu risa desbocada), y que yo procuro compartir con mis compañeros de usanza del colectivo, a fuerza de besos que no doy, de abrazos que no tengo, de iras que me engullo y me guardo para mí mismo; a fuerza de un tendón inflamado en mi mano oeste, que no acaricia tu cara, pero que la dibuja tenuemente en el vaho de la ventanilla.




Escuchá  "Sobre esa mujer" aquí: 

http://www.majalula.com/letras-sonoras-podcast-literario/




martes, 23 de febrero de 2016

XVII




cuando ella extiende sus brazos la máscara cesa
el olvido cesa las orugas reinician su marcha

Edgar Bayley




una mujer quiebra la noche

su lateralidad exacta
se me desliza en el cuerpo todo
en la clavícula

y

como si de olvidar el mundo se tratara
golpea la circunstancia
con ternura
con la espalda dañada

y la jauría aúlla a la distancia

asumiendo sutilezas
o acercándome a la orilla

y hay una entrega

y unas manos que
como una multiplicidad de ríos
tienden una telaraña
que me inclina a su piel
garabateante

ella sacude mi boca

yo su garganta azabache
y sabemos
sabemos que como una navaja
o un viento lacerante
algo
algo va a permanecer



lunes, 22 de febrero de 2016

Noticia de un suicidio





    El no sabía escribir. Entendía que ordenar palabras en el papel era sólo depositar signos ilegibles, indescifrables, pero no escribir. Entonces, cuando esto sucedía, cada poesía sin terminar, y mientras durara su corrección, era adherida a la pared, para no ser perdida de vista, para que lo inconcluso fuera tormenta que quite el sueño. Pero un día, las paredes colmadas de intentos pendientes (incluso la ventana misma había sido cegada en algún momento con textos que primero otorgaban un trasluz generoso y después nada; y hasta los cuadros del contrafuerte, la biblioteca y las fotos), habían reducido tanto el espacio que fue necesario utilizar la próxima superficie posible: el piso. Fue así que comenzó a distribuir los textos primero sobre las baldosas, luego sobre los muebles y después en los recovecos que estos otorgaban. Así, el nivel del suelo se elevó tanto que prácticamente se puso en contacto con el techo, y ya no hubo posibilidad. Él nunca supo escribir, y esa fue su forma de morir, sin agitaciones, sin libertad, analfabeto, con sus miles de poemas inconclusos, que nunca nadie leerá, clavándoseles en el cuerpo, oprimiendo su cuello, robándole el poco aire de ese, su pequeño despiadado mundo.





viernes, 19 de febrero de 2016

Jauría




Insisto en franquear Bombay sobre un paquidermo de papel. Y en la Torre de Babel que el vendaval sugiere, mi nombre suena en, al menos, quinientos cuarenta y siete lenguas, pero sólo en marathí, es una navaja feroz, un chillido de metal. 

En Nehru Nagar, por sesenta rupias, olvido a los hombres de hielo (aquellos que me roban el día y me descentran la rosa de los vientos). Manipulo la memoria, y al llegar a Dharavi, me encuentro con el bombeo sanguíneo de mi artefacto malsano absolutamente rectificado. 

Mi paquidermo oscila lateralmente, como en velero en aguas calmas. Desde aquí diviso, secreto, la fuente de aquella plaza peninsular (donde una mujer espera intacta), los tigres de Bengala, la torre Eiffel.

Entre cerros, agazapado, observo, con la providencial fiereza del que olfatea sangre. Y navego. Navego este velero fulgurante y dejo caer mi mano oeste, y dejo que el roce tenue del agua sea una caricia que restituya la paz del segmento ensordecedor, donde la euforia se hace carne. Y busco anclar la ira. Y lo hago. Ahí, justo cuando tu boca que besa y ama dilucida el día a día.

Y galopo. Y mi alazán y yo somos un mismo movimiento, un mismo viento, una misma polvareda que surca quebradas y ríos. Y yo no sé si son los cascos los que fecundan esta tierra mía, o si soy yo el heredero de este destino de tabaco y maíz.

Sé, acaso como única verdad, que la jauría se alzará indefectible. Que me devorará hasta los errores, hasta los sueños no soñados; y que yo aceptaré el embate sin oponer resistencia. Y no habrá lugar al cual huir, ni superhéroes o paquidermos o veleros o potros que objeten la embestida. Sólo yo, enseñando los dientes.



de "Jauría" (2011)




martes, 16 de febrero de 2016

3 (reedición)





con la sangre
desesperada
en los conductos acuosos

te espero



Otra manera sería suponer la noche entera, con toda su vertical sombra. Suponer el techo a dos aguas de esta casa venida a mía. De esta casa enclavada en la ladera este de un cerro que recibe los embates que depositan las lluvias estivales, antes de atravesar el valle y perderse en la selva repleta de azares e incertidumbres. Pero está la lluvia, claro. La lluvia se queda aquí. O al menos una parte. Y es la excusa suficiente para iniciar ese extrañamiento, esa desesperación que suponen los versos iniciales. Y claro, sí. Vas a venir. Vas a renegar por el humo que puebla la casa, y cuelga particularmente de las telas de araña del techo a dos aguas (el techo es alto, no tengo alternativa). Vas a propinarme una amorosa puteada por el caos de los libros leídos a medias y diseminados por cuanta superficie horizontal exista. Porque no puedo con mi genio y anoté el plan para un poema entre tus cuentos de Bolaño. Por mi manía de doblar el vértice de la hoja hacia la página en donde dejo mensajes, en donde escribo pistas. Y sí, que mi cuaderno rojo, que una hoja de máquina en blanco, que la libretita anillada que te regalé, que con lápiz tal vez, pero con una lapicera definitivamente no. Y yo sé que tendrás razón. Y no podrás sostener tu papel de mujer ruda y renegona y se te escapará seguramente una sonrisa y yo te sabré nuevamente mía y vos lo sabrás también. Y, seguramente, mientras los recojas para ordenarlos en la biblioteca, supondrás el tránsito de mis huesos por la casa, mi trashumancia. Vendrás. Vendrás a alimentarme la bestia, a domesticarla. A recordarme que hay más, que siempre hay más. Vendrás. Y yo te voy a esperar con efervescencias propias para la ocasión, con temores. Entonces la vertical sombra será nuestra.

Pero ahora no. Ahora es la tarde. Yo no voy a tocar nada. No voy a mover nada. Voy a permanecer inmóvil, balanceando sólo mis ojos, al borde de la hamaca donde soplo nubes grises y les invento formas. No toco nada, no. Necesito excusas.





viernes, 12 de febrero de 2016




supe el cítrico destino 

de una ciudad acerada 
oculta bajo el polvo 

supe el fértil soplido del viento 

arañando mi apatía 

y la primordial tragedia 

de extrañar 
el mar que hay en tu espalda