martes, 1 de octubre de 2013

5




no ha de ser tan terrible

soportar la cicuta
uniforme
de la noche
sobre el azabache
uniforme
de mi pelo


Las luces comienzan a apagarse poco a poco. El vidrio de la calle Caseros bruscamente se transforma en una persiana metálica. Pronto le seguirán los otros, que miran hacia el norte. Somos sólo dos los trasnochados: el último mozo y yo.

-No creo que venga -me dice.
-No, no creo -digo, y ahogo el humo de mi pequeña caldera portátil.

Acomodo los pocos trastos que cargo conmigo, que son los mismos de siempre: la lapicera 0.7 de tinta negra (la de mejor trazo, mejor incluso que la 0.5), el cuaderno te tapas rojas (mi gran tesoro), mis ansias, mis motivos y el tabaco. Me ensarto de un saque el último resto de café, ya frío (creo que era el de la taza número cinco) y salgo. Afuera pareciera llover, pero sin mojar, y comienza a latirme en la comisura de los ojos la venida del otoño.

Camino por la recova que desemboca en la plaza de palmeras oscilantes, atravesando cajas, bolsas, cuerpos paupérrimos. Al llegar, elijo un banco cualquiera; la lluvia que antes no mojaba, ahora sí, pero no me molesta.



y como si de contabilizar estrellas
se tratara
o peinarle las fauces al destino

miro uniformemente
como las gotas se posan
sobre los vidrios que me traen el mundo
para que ya no esté
tan solo

tan sin nadie



2 comentarios:

María Sotomayor dijo...

Al final siempre acabo diciéndote lo mismo, fragmentitos tan sin nadie me dejo en cada uno de tus poemas.

Beso.

Leo Mercado dijo...

¿Será que me estoy repitiendo, María?