viernes, 29 de junio de 2012

XXXVI





aquí estoy
ajeno a toda certidumbre
preso entre montañas

soy el idiota miope
que cree que el mundo es
lo que está entre la cara
y la punta de la nariz

martes, 26 de junio de 2012

Martes, 20:35 hs.

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dos minutos cincuenta y un segundos
es lo que dura tu voz en mi oído
y
en esa confusión sensorial
yo veo mariposas
flores
salir de tu boca
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lunes, 25 de junio de 2012

Ad hoc

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           Ella está de costado, en la cama. Yo veo como el estribor de la Vía Láctea une su espalda con su pecho izquierdo. Entonces, para confirmar mi teoría, comienzo la cuenta de lunares.
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sábado, 16 de junio de 2012

Tres poemas (de "Lo otro, lo demás", 2008)

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5


la sopa hoy
es un breve mar
enfurecido

ceñido a una circunferencia
posada en la recta galería
de abismos

de una morada que no es mía
en una tierra que tampoco sabe de mí
de mis huellas en su frente

la sopa y yo
nos reconocemos
en el furor y en el frío

en la euforia por devorarnos
mutuamente
los adentros



6

cuando tenga boca
temblante
latiente

cuando beba tactos
rumiantes
ásperos

cuando tenga una luna para mí
entonces
sólo entonces

sabré tu oficio
tejedora feroz
de dientes sin hambre
y sombras sin nombre



15

después tal vez lo olvide

ahora
bebo del cuenco
de tus dorsales
tus líquidos predilectos

suspendo
del límite alado
en la curva de tu espalda
mi flagelo postrer

crezco

a expensas del sudor
y el resto de tu piel
modelando mis pasiones

a sabiendas
que vos
también

después tal vez lo olvides
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martes, 12 de junio de 2012

XXXV

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soy una ciega máquina
un animal
un tótem que hilvana
la trama
que desemboca en tu espalda
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lunes, 11 de junio de 2012

Usanzas y otras costumbres


                                                                                                Para vos, pez.
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Ella abre las cortinas de par en par, marcando una cruz perfecta, intersectando sus dos brazos en línea recta con el resto de lo que queda de su cuerpo perpendicular. El sol se aventura, violento, sobre las sábanas antes, y mi piel después. Ocho treinta de la mañana. Las responsabilidades parecieran llegar siempre en el momento menos oportuno. Me despabilo entonces las modorras y las lagañas, los abrazos, los besos trasnochados. Dejo restos de mi cara en la toalla, restos de pasta de dientes, rubores ajenos. Me visto con lo primero que encuentro, que, a su vez, coincide con lo último que perdí anoche al borde de la cama. La camisa deja entrever, en el surco que marca el saco en dirección norte-sur, algunas peripecias que la plancha ignora, y que yo hago como que no importan.

Abro la puerta con los ojos cerrados y beso a mi mujer mientras inhalo profundamente, por última vez, el aroma a café caliente que le ronda el cuello. Como todos los días, tardo algunos segundos en abrirlos, y al hacerlo, el mundo sigue siendo igual que ayer: el mismo árbol en el mismo lugar, la vereda de tierra ahí, la lejana tranquera, el surco de agua, las hojas secas, los cerros del frente. Sin embargo, la tranquilidad de la costumbre, surte cierto efecto de continuidad del cosmos. Mi cabeza se agacha, casi involuntariamente, producto acaso de la gravitación. Lo que encuentro entonces son mis pies dentro de los zapatos. Muevo los dedos y pareciera que hubieran hormigas en su interior, intentando escapar. Pienso entonces en el camino por delante, en el furor todopoderoso de la cobardía, en los peces de plomo, y emprendo quizá el último viaje.

Ella abre las cortinas de par en par, marcando una cruz perfecta…
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jueves, 7 de junio de 2012

20

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No sé si fue el sombrero de paja (aunque en realidad tampoco estoy seguro si era de paja) o tu sonrisa de costado. No sé si fue el fortuito hecho de cruzarnos, los dos algo descalzos, en el calor de ese verano.

Sé que llovía, y que el agua rebotaba en el techo con la tenacidad de una araña tejiendo su infinita paciencia de artrópodo.

Ignoro si vos esperabas algo. Yo pretendía, solamente, ajustar a fuerza de aceite y voluntad, las arandelas de un poema que, hasta ahí, me parecía imposible o infinito.

Rememorar, con el lujo que propone el detalle, la suma de acontecimientos que se sucedieron desenrollándonos las ganas, sería una tarea propia de la ciencia histórica. Lo que quiero decir sencillamente, es que me fui, y que en el camino quedaron Madrid, Estambul, Bombay, La Paz o Cuzco; que te llevé donde estuve, y que vivimos, cada cual en su universo, treinta y pico de años, sin vernos. Que en el Alexander Platz de Roma contuve un segundo mi maldita obsesión por corregir hasta la forma que adopta la borra de café de mi pocillo, para abandonar por primera vez un poema que era una verdadera mierda, y alzar la vista y verte, parada frente a mí, con los ojos llenos de lágrimas y un sombrero (ahora sí lo confirmo) de paja.
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miércoles, 6 de junio de 2012

Coordenadas

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S 26º 07’ 40.0’’
W 65º 05’ 41.5’’

1.489 msnm

1) Decir mierda. Y salir a regar cada liquidámbar, cada bambú. Dejar que el agua se esparza hacia donde mejor le plazca.

2) Decir la puta madre. Y volver a entrar en este laboratorio-casa. Dejar que la calavera ría en mi mesa de luz, que sus tibias se retuerzan en infecciones de otro tiempo.

3) Decir la puta madre, me cago en la mierda (en la mismísima mierda). Dejar que la ira del muerto se añada a la del vivo (y yo no sepa cuál de los dos soy yo y cuál, por consiguiente, es él) y juntas sumen cóleras furibundas a estas planillas, a este papel en el que escribo increíbles tesis sobre por qué la historia, cuándo la ciencia, y cómo el arte de narrar (de construir o inventar?) sucumbieron ante mis intenciones de explicar, en realidad, qué nos lleva a ser, esta noche, el hombre más solo del mundo y el muerto más muerto de la historia.

4) Decir el vulgar poema:

                                                  andamos juntos
                                                  por allí modificándonos

                                                  Francisco Urondo


en la misma noche
estamos
abriéndonos paso
en la humedad

que para esta altura
no es más que otra forma
de esta mutua soledad


5) Decir que, en realidad, acaso lo único que importe sean las coordenadas donde un hombre (el otro aquí ya no cuenta) late desaforadamente y con pasiones propias para otra ocasión, construye un tiempo extraño, particular, un tiempo que le ronda el cabello a una mujer, que le punza el humo al café, que transpira la sucesión de tarsos tibios y fémures afiebrados. Y pide auxilio.
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lunes, 4 de junio de 2012

XXXIV

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la estela de tu pelo
es suficiente
para poblar la casa
de pronunciaciones
que
como un viento
o un relámpago
reincorporan el cosmos 
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domingo, 3 de junio de 2012

XXXIII

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tu boca
al borde
de la taza
de café

y el rayo de sol por la ventana
acertándome la vida
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