lunes, 11 de junio de 2012

Usanzas y otras costumbres


                                                                                                Para vos, pez.
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Ella abre las cortinas de par en par, marcando una cruz perfecta, intersectando sus dos brazos en línea recta con el resto de lo que queda de su cuerpo perpendicular. El sol se aventura, violento, sobre las sábanas antes, y mi piel después. Ocho treinta de la mañana. Las responsabilidades parecieran llegar siempre en el momento menos oportuno. Me despabilo entonces las modorras y las lagañas, los abrazos, los besos trasnochados. Dejo restos de mi cara en la toalla, restos de pasta de dientes, rubores ajenos. Me visto con lo primero que encuentro, que, a su vez, coincide con lo último que perdí anoche al borde de la cama. La camisa deja entrever, en el surco que marca el saco en dirección norte-sur, algunas peripecias que la plancha ignora, y que yo hago como que no importan.

Abro la puerta con los ojos cerrados y beso a mi mujer mientras inhalo profundamente, por última vez, el aroma a café caliente que le ronda el cuello. Como todos los días, tardo algunos segundos en abrirlos, y al hacerlo, el mundo sigue siendo igual que ayer: el mismo árbol en el mismo lugar, la vereda de tierra ahí, la lejana tranquera, el surco de agua, las hojas secas, los cerros del frente. Sin embargo, la tranquilidad de la costumbre, surte cierto efecto de continuidad del cosmos. Mi cabeza se agacha, casi involuntariamente, producto acaso de la gravitación. Lo que encuentro entonces son mis pies dentro de los zapatos. Muevo los dedos y pareciera que hubieran hormigas en su interior, intentando escapar. Pienso entonces en el camino por delante, en el furor todopoderoso de la cobardía, en los peces de plomo, y emprendo quizá el último viaje.

Ella abre las cortinas de par en par, marcando una cruz perfecta…
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