miércoles, 13 de mayo de 2009

DOS CAFÉS


Nos reconocimos en la manera de tomar el café, no caben dudas.

Yo aún conservo la manía de doblar prolijamente sobre sí mismo, cada uno de los sobres de azúcar que desenfundo en mi pocillo. Y a vos te sigue temblando el pulso, como si temieras la tremenda oscuridad del brebaje, mientras construís una montaña de hidrato de carbono en la pequeña taza.

Hacía muchos años que el olvido había velado tamaña ceremonia. La memoria no devolvía semejantes artilugios desde aquellos tiempos en que compartíamos dos o tres cafés diarios, en mi ciudad.

Te miré, vos te entretenías con papeles sueltos, como si corrigieras errores ajenos con una enorme lapicera verde. No lo notaste en ese momento. Sólo después lo advertiste, cuando, como es mi costumbre, tire el vaso de soda sobre mi mesa y mis obligaciones, generando un tremendo estruendo, acompañado, por supuesto, de una serie de improperios de entredientes. Entonces me miraste con ojos cómplices, y, sé, contuviste una carcajada.

No pude soportarlo más: pagué y recogí mis cosas, rápidamente. Era tu ciudad, y yo era un intruso. Ambos lo pensamos, seguramente. Una mutua sonrisa tenue, al salir, confirmó nuestras sospechas.
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(De "Poco pueblo demasiado", 2009)

1 comentario:

Redacción dijo...

Marvilloso microrrelato repleto de metáforas. Es maravilloso como uno logra meterse, y es parte de los relatos de Leo ( triunfo del autor)