domingo, 16 de octubre de 2016

4





el pequeño pez nada
ondula amnióticos líquidos
tiene apenas dos centímetros
pero viene huracanándolo todo

abre su pequeña boca
para dar de beber aire a los grandes peces que
muertos de espanto
se abrazan las escamas

pocas cosas más importan
todos nadan
remontan la pendiente acuosa
saben que del otro lado hay bellezas y espantos

pero insisten en el nado
zumban los sueños de los hombres
y de un golpe
les fraccionan un inerte pasado
para ser la huella que proyecta el sol
en la vereda
siempre
un paso más adelante




viernes, 29 de julio de 2016

-¿Lector lector? -Lector escritor, mucho gusto.


Leer es muchísimas cosas, pero fundamentalmente una elección, una elección de libertad. Sin embargo, nada hace mejor a aquel que lee de aquel que no. Simplemente se elije leer como se elije cantar, correr, comer o subir a una montaña un domingo de sol. Así, la lectura no implica una experiencia mística: los libros no caen en nuestras manos ni nos elijen, de la misma forma en que la montaña, verdaderamente, no viene a nosotros, ni un guiso de fideos nos elije para que lo engullamos. La lectura implica una actividad que casi siempre (o siempre) es práctica y no instrumentalista: nos sirve para acrecentar nuestra información o para favorecer el simple goce, y, en el medio, todas las posibilidades que se nos ocurran.
Hablar de la lectura, para mí, es imposible sin tener a Nietzsche revoloteando con aquella metáfora del camello, el león y el niño. La lectura, más allá de la interpretación del filósofo alemán, implica atravesar estas tres instancias: rumiar el texto con cuidado, ser paciente (como el camello), luego rebelarse, indagar, hostigar, ser crítico (he aquí el león) y sorprenderse mediante la inocencia (como el niño), para eventualmente asumir una postura creadora.
Ahora bien, una vez que elegimos leer, a muchos nos sorprende esa doble coyuntura que implica la siguiente elección: ¿Se lee como lector o se lee como escritor? ¿O es posible asumir la lectura de un texto cualquiera de ambas formas? (Aquí no cabe optar por la opción “ninguna de las dos”, dado que la lectura implica asumir, al menos, el obvio compromiso de leer).
Durante algún tiempo leí como lector: elegía el champú en el baño o la información de la pasta de dientes; después los carteles de la calle, alguna que otra breve nota, el diccionario. Luego llegó una novela que robé de la biblioteca (raquítica) de mi abuelo y algún que otro libro que me regalaron y que elegí leer. Después fui a las librerías de usados, con una lista donde buscaba directamente aquello que me interesaba y que muchas veces me sorprendía bien y mal. También (es seguro) muchos de esos libros fueron olvidados o descartados sin siquiera haber llegado a la segunda página. Después llegó la Universidad, y es muy probable que allí comenzara a leer como escritor, puesto que en esas circunstancias uno lee no sólo para informarse sino también para producir conocimiento. Fue cuestión de tiempo para que comenzara a leer buscando acrecentar el mundo que me permitiera escribir, primero poesía y después prosa.
Cuando se lee como escritor se lee con la paciencia del detective, buscando pistas, señas, excusas, estrategias; se lee corrigiendo, agregando características a los personajes, moldeándolos, restando versos, modificando verbos, indagando por qué o cuál; y, finalmente, se lee tratando de construir un lenguaje propio que permita reproducir una manera de decir.
Hoy, casi todo el tiempo elijo leer como escritor, dado que considero que la lectura, y sobre todo la lectura de poesía, es fundamental para escribir. Pero también elijo releer como escritor (acaso he releído muchísimas cosas más de las que he leído), dado que la lectura favorece la reproducción de la lectura (he ahí entonces la relectura y la lectura de nuevas lecturas) y estimula (creo haberlo dicho ya) la escritura.

En suma: leamos, releamos, favorezcamos el placer, escribamos, leamos en voz alta impostando la voz, indaguemos al escritor, asumamos una actitud comprometida, compartamos textos; pero sobre todas las cosas, procuremos que la lectura favorezca siempre esa capacidad de sorpresa que olvidamos en la infancia.


(En "Tramas de la ciudad", Nº 3, Año 2, julio 2016. Salta)


sábado, 4 de junio de 2016

1





qué le vamos a decir
a la lluvia
si aquí no hace más que anochecer en el viento
qué le vamos a decir
si no somos capaces 
siquiera
de sumergirnos en ese breve mar enfurecido de sábanas
o de saltar
de una vez y para siempre 
en ese abismo que es la desesperación
de esperar que las cosas sucedan 

qué le diremos entonces
si nunca fuimos capaces
de correr el riesgo
de huir 
bajo su amparo




sábado, 16 de abril de 2016

Ocho variaciones sobre el amor




1

Miro en el espejo una imagen invertida que, sobre mi hombro izquierdo, marca la silueta tenue de unas caderas. Mi visión se rompe, se destruye. Sucumbe.

2

La cama es un pequeño mar enfurecido. Mi esposa una sirena. Yo, el breve canto que sale de su boca.

3

El mar siempre tiene un borde brutal donde galopa lo incierto, y en el que nos adentramos, apretándonos las manos.

4

El viento tiene por tarea infinita traer el perfume a tilo de tu pelo.

5

El río, paciente, macera su furia. Cruje la pena de extrañar el mar que hay en tus ojos.

6

Abrazo la pena de tu pie. La arrullo. Entonces dormimos en el fragor del porvenir.

7

Tu mano domesticando la noche que habita en mi pelo. La luna. Todas las estrellas. 

8

La belleza:





martes, 12 de abril de 2016






la soledad
no tiene 
héroes




sábado, 9 de abril de 2016





la eternidad es
tener sed
y paciencia
de animal





martes, 1 de marzo de 2016

1





el latido
que me falta
busca su rincón
de privilegio
entre las sábanas

pero éstas
hoy

son un breve mar enfurecido




sábado, 27 de febrero de 2016

9*





no pudo dormir

tu nombre sube
alto
altísimo
se me enreda entre los dientes

y por mucho que me empeño
en sorber tus adjetivos
las vocales reminiscencias
y el pliegue último de tus piernas
la vigilia prolifera
desvelada incluso ella misma
como un súbito telón de impotencia

estimo que no hay sueños que soñar

quizá por eso
el letargo no abre
su tremebunda boca nocturna
para beberme de un trago




*Desperfecto: segundo tatuaje del cóndor (30). 




(De "Desperfectos (cruda poesía mía)", 2007)






miércoles, 24 de febrero de 2016

Contrariedades

    



               A fuerza de contrariedades, reafirmo esa dulzura punzante que me maniobra el metatarso (aquello que ignoro si no fuera por el advenimiento preciso de tu risa desbocada), y que yo procuro compartir con mis compañeros de usanza del colectivo, a fuerza de besos que no doy, de abrazos que no tengo, de iras que me engullo y me guardo para mí mismo; a fuerza de un tendón inflamado en mi mano oeste, que no acaricia tu cara, pero que la dibuja tenuemente en el vaho de la ventanilla.




Escuchá  "Sobre esa mujer" aquí: 

http://www.majalula.com/letras-sonoras-podcast-literario/




martes, 23 de febrero de 2016

XVII




cuando ella extiende sus brazos la máscara cesa
el olvido cesa las orugas reinician su marcha

Edgar Bayley




una mujer quiebra la noche

su lateralidad exacta
se me desliza en el cuerpo todo
en la clavícula

y

como si de olvidar el mundo se tratara
golpea la circunstancia
con ternura
con la espalda dañada

y la jauría aúlla a la distancia

asumiendo sutilezas
o acercándome a la orilla

y hay una entrega

y unas manos que
como una multiplicidad de ríos
tienden una telaraña
que me inclina a su piel
garabateante

ella sacude mi boca

yo su garganta azabache
y sabemos
sabemos que como una navaja
o un viento lacerante
algo
algo va a permanecer



lunes, 22 de febrero de 2016

Noticia de un suicidio





    El no sabía escribir. Entendía que ordenar palabras en el papel era sólo depositar signos ilegibles, indescifrables, pero no escribir. Entonces, cuando esto sucedía, cada poesía sin terminar, y mientras durara su corrección, era adherida a la pared, para no ser perdida de vista, para que lo inconcluso fuera tormenta que quite el sueño. Pero un día, las paredes colmadas de intentos pendientes (incluso la ventana misma había sido cegada en algún momento con textos que primero otorgaban un trasluz generoso y después nada; y hasta los cuadros del contrafuerte, la biblioteca y las fotos), habían reducido tanto el espacio que fue necesario utilizar la próxima superficie posible: el piso. Fue así que comenzó a distribuir los textos primero sobre las baldosas, luego sobre los muebles y después en los recovecos que estos otorgaban. Así, el nivel del suelo se elevó tanto que prácticamente se puso en contacto con el techo, y ya no hubo posibilidad. Él nunca supo escribir, y esa fue su forma de morir, sin agitaciones, sin libertad, analfabeto, con sus miles de poemas inconclusos, que nunca nadie leerá, clavándoseles en el cuerpo, oprimiendo su cuello, robándole el poco aire de ese, su pequeño despiadado mundo.





viernes, 19 de febrero de 2016

Jauría




Insisto en franquear Bombay sobre un paquidermo de papel. Y en la Torre de Babel que el vendaval sugiere, mi nombre suena en, al menos, quinientos cuarenta y siete lenguas, pero sólo en marathí, es una navaja feroz, un chillido de metal. 

En Nehru Nagar, por sesenta rupias, olvido a los hombres de hielo (aquellos que me roban el día y me descentran la rosa de los vientos). Manipulo la memoria, y al llegar a Dharavi, me encuentro con el bombeo sanguíneo de mi artefacto malsano absolutamente rectificado. 

Mi paquidermo oscila lateralmente, como en velero en aguas calmas. Desde aquí diviso, secreto, la fuente de aquella plaza peninsular (donde una mujer espera intacta), los tigres de Bengala, la torre Eiffel.

Entre cerros, agazapado, observo, con la providencial fiereza del que olfatea sangre. Y navego. Navego este velero fulgurante y dejo caer mi mano oeste, y dejo que el roce tenue del agua sea una caricia que restituya la paz del segmento ensordecedor, donde la euforia se hace carne. Y busco anclar la ira. Y lo hago. Ahí, justo cuando tu boca que besa y ama dilucida el día a día.

Y galopo. Y mi alazán y yo somos un mismo movimiento, un mismo viento, una misma polvareda que surca quebradas y ríos. Y yo no sé si son los cascos los que fecundan esta tierra mía, o si soy yo el heredero de este destino de tabaco y maíz.

Sé, acaso como única verdad, que la jauría se alzará indefectible. Que me devorará hasta los errores, hasta los sueños no soñados; y que yo aceptaré el embate sin oponer resistencia. Y no habrá lugar al cual huir, ni superhéroes o paquidermos o veleros o potros que objeten la embestida. Sólo yo, enseñando los dientes.



de "Jauría" (2011)




martes, 16 de febrero de 2016

3 (reedición)





con la sangre
desesperada
en los conductos acuosos

te espero



Otra manera sería suponer la noche entera, con toda su vertical sombra. Suponer el techo a dos aguas de esta casa venida a mía. De esta casa enclavada en la ladera este de un cerro que recibe los embates que depositan las lluvias estivales, antes de atravesar el valle y perderse en la selva repleta de azares e incertidumbres. Pero está la lluvia, claro. La lluvia se queda aquí. O al menos una parte. Y es la excusa suficiente para iniciar ese extrañamiento, esa desesperación que suponen los versos iniciales. Y claro, sí. Vas a venir. Vas a renegar por el humo que puebla la casa, y cuelga particularmente de las telas de araña del techo a dos aguas (el techo es alto, no tengo alternativa). Vas a propinarme una amorosa puteada por el caos de los libros leídos a medias y diseminados por cuanta superficie horizontal exista. Porque no puedo con mi genio y anoté el plan para un poema entre tus cuentos de Bolaño. Por mi manía de doblar el vértice de la hoja hacia la página en donde dejo mensajes, en donde escribo pistas. Y sí, que mi cuaderno rojo, que una hoja de máquina en blanco, que la libretita anillada que te regalé, que con lápiz tal vez, pero con una lapicera definitivamente no. Y yo sé que tendrás razón. Y no podrás sostener tu papel de mujer ruda y renegona y se te escapará seguramente una sonrisa y yo te sabré nuevamente mía y vos lo sabrás también. Y, seguramente, mientras los recojas para ordenarlos en la biblioteca, supondrás el tránsito de mis huesos por la casa, mi trashumancia. Vendrás. Vendrás a alimentarme la bestia, a domesticarla. A recordarme que hay más, que siempre hay más. Vendrás. Y yo te voy a esperar con efervescencias propias para la ocasión, con temores. Entonces la vertical sombra será nuestra.

Pero ahora no. Ahora es la tarde. Yo no voy a tocar nada. No voy a mover nada. Voy a permanecer inmóvil, balanceando sólo mis ojos, al borde de la hamaca donde soplo nubes grises y les invento formas. No toco nada, no. Necesito excusas.





viernes, 12 de febrero de 2016




supe el cítrico destino 

de una ciudad acerada 
oculta bajo el polvo 

supe el fértil soplido del viento 

arañando mi apatía 

y la primordial tragedia 

de extrañar 
el mar que hay en tu espalda